Conan soltó un gruñido ensordecedor, una mezcla de rabia y lujuria que parecía desgarrarle la garganta. Sin previo aviso y sin salirse de mí, me rodeó la cintura con sus brazos de acero y me levantó del suelo como si no pesara nada. El cambio de gravedad hizo que su miembro se hundiera aún más profundo, golpeando mi fondo con una violencia que me hizo soltar un alarido de puro éxtasis.
Me llevó directamente hacia la pared y me estrelló contra ella con una fuerza sádica. Mi espalda chocó contra la superficie fría, pero el impacto quedó en segundo plano cuando sentí cómo él usaba su propio cuerpo para forzar mis muslos hacia afuera, manteniéndome abierta de par en par, totalmente expuesta a su hambre. Sus manos, grandes y posesivas, se cerraron alrededor de mi cuello, no para asfixiarme, sino para recordarme quién tenía el control absoluto mientras me devoraba con la mirada.
—No te vas a escapar de esto, Gaia —siseó con una voz cargada de una promiscuidad oscura—. Quiero que sientas