Pronto llegó el día de la unión de Armyn y Riven.No era la primera vez que sus destinos se entrelazaban bajo la bendición de la Diosa, pero sí la primera en la que lo hacían libres, conscientes y por amor verdadero. La primera unión había sido un acto de necesidad, de supervivencia y deber. Esta, en cambio, nacía del alma, del fuego compartido, de heridas sanadas y promesas que ya no estaban impuestas, sino elegidas.Armyn permanecía de pie frente al espejo de cuerpo entero, respirando con calma, aunque su corazón latía con una fuerza que apenas podía controlar. El vestido que llevaba era una obra de arte: delicadas capas de tela clara caían sobre su figura como luz líquida, bordadas con símbolos antiguos que representaban a la Luna, la fertilidad y el linaje de las reinas. Sus hombros estaban descubiertos, y su cabello caía suelto, adornado con pequeñas flores plateadas que parecían brillar por sí mismas.Por un instante, no vio a la Reina Luna, ni a la futura soberana de la manada m
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