Mahina se detuvo en el gran salón de su castillo, respirando hondo mientras la luz del amanecer se filtraba por los vitrales, pintando el piso de mármol con reflejos dorados y carmesí. El aire estaba cargado de una mezcla de aromas: incienso, madera antigua y la fragancia de su propio perfume, un olor que siempre parecía recordarle a su manada que, aunque fuese reina, seguía siendo loba antes que nada.Con paso firme, se adelantó unos pasos y llamó a su beta. Su voz, clara y segura, resonó por el amplio salón, haciendo que todos los presentes se sobresaltaran ante el gesto de su líder:—Beta, ven aquí.El hombre apareció de inmediato, pero no solo él. Cada miembro de la manada presente sintió un escalofrío recorriéndoles la columna vertebral; el llamado de Mahina no era solo un mandato, era una prueba, un recordatorio de quién dirigía el reino y quién debía seguir sus órdenes.Mahina, con los ojos fijos en su beta, pasó la mano sobre su pecho.A simple vista, un gesto casi natural, per
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