La madrugada se volvió un sudario de escarcha y salitre, pero el frío que calaba los huesos de Damián no era nada comparado con el fuego que empezó a arder en su interior. Se quedó allí, en la popa de la lancha, con la mirada fija en el abismo negro del océano, dejando que la brisa helada terminara de limpiar la autocompasión de su rostro.Se secó la única lágrima con el dorso de la mano, un gesto brusco, final. La culpa se transformó en una determinación de acero.—Si funcionó una vez, lo hará dos, tres y todas las veces que sean necesarias —susurró para el viento, y esta vez su voz no tembló—. No voy a dejar que años de mi vida, de nuestra vida, se queden en la basura de un laboratorio.En ese momento, algo cambió en la postura de Damián. Los hombros se le ensancharon y la mirada recuperó ese brillo peligroso que lo hacía el hombre más temido de los bajos fondos, pero ahora dirigido por un propósito sagrado. El deseo de rendirse fue aplastado por una voluntad inquebrantable: Adeline
Leer más