El búnker era un infierno de humo, alarmas estridentes y el resplandor rojo de las luces de emergencia que giraban rítmicamente. El aire se volvía irrespirable a cada segundo tras la explosión de la puerta. Santiago, con el diario de cuero negro apretado contra su chaleco táctico, vio cómo Damián se quedaba paralizado junto a la camilla, mirando el cuerpo inerte de Adeline con una mezcla de devoción y terror puro.
—¡Damián, tenemos que salir de aquí! —le gritó Santiago, su voz apenas audible so