La lancha cortaba las olas, dejando atrás la bahía y el caos. Damián se quedó en la popa, con las manos apoyadas en el barandal frío, observando cómo el perfil de la ciudad —esa mezcla de rascacielos modernos y murallas coloniales— se reducía a una línea de luces parpadeantes en el horizonte.
Sintió una opresión en el pecho. Todo lo que había construido, la vida que intentaba cimentar lejos de la violencia, se le había escurrido entre los dedos. La ciudad no solo quedaba atrás geográficamente;