El búnker, antes sumido en un silencio clínico, estalló en un caos de sonidos metálicos y jadeos desgarradores. El cuerpo de Adeline se arqueó con una violencia inhumana, sus músculos tensándose contra las correas de cuero hasta que el material crujió, a punto de ceder. No era una reacción alérgica; era su sistema nervioso siendo reconfigurado a la fuerza por el químico azul.Valentino, que un segundo antes saboreaba su triunfo, retrocedió un paso. Sus ojos se abrieron con horror al ver que las venas de Adeline no solo brillaban, sino que latían con una frecuencia errática.—¡No, no, no! —rugió Valentino, tirando la bandeja de instrumentos al suelo en un arranque de furia—. ¡Todavía no! ¡No te mueras todavía!Adeline entró en convulsiones profundas. Su cabeza, anclada por las cintas, se sacudía rítmicamente, y una espuma azulada empezó a asomar por la comisura de sus labios. Sus ojos, ahora de un azul eléctrico cegador, rodaron hacia atrás, dejando solo el blanco inundado de filamento
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