El estruendo de la explosión en las puertas del búnker fue un eco lejano para Adeline, una vibración que apenas rozó la superficie de su conciencia profunda. Lentamente, como si emergiera de un océano de bruma fría y azul, sus párpados se levantaron.
Lo primero que vio fue el techo de cemento, manchado de humedad y polvo. Luego, las luces de emergencia rojas que giraban rítmicamente, bañando la habitación en un tono de alarma constante. El zumbido estridente de la sirena de seguridad llenó sus