El silencio que siguió a las palabras de Damián fue tan súbito que el zumbido de los motores de la lancha pareció amplificarse. Adeline se quedó congelada, con el tenedor a medio camino entre el plato y sus labios, sosteniendo un trozo de huevo que de repente le pareció de plomo.
La calma que había logrado construir segundos antes, aceptando el juego de la curiosidad para no sucumbir al pánico, se evaporó. Sus ojos se clavaron en los de Damián, buscando rastro de una broma pesada o de una manip