Valentino terminó de hablar, y su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de impasible eficiencia. La confesión había alimentado su ego, pero ahora el negocio reclamaba su atención. Se levantó de la silla con un movimiento brusco, haciendo chirriar el metal contra el suelo de cemento, y tomó la jeringa llena del líquido azul eléctrico.
—Basta de historia, Adeline. Ya que no me darás el código, es justo entonces que el legado que creó tu abuelo continúe en ti.
Se acercó a la camilla