El cielo sobre el Valle del Corazón se había oscurecido de manera inusual, como si la propia naturaleza comprendiera que aquel día marcaría un punto de inflexión irreversible. Los últimos rayos de sol luchaban por filtrarse entre nubes que se arremolinaban con un ritmo casi consciente, iluminando destellos de tormenta y sombra sobre la tierra maltrecha por las batallas recientes. Kael y Ainge se encontraban al borde de la meseta central, rodeados de guerreros de Skarn y hechiceros de Lirien, todos aún recuperándose del enfrentamiento anterior. Sin embargo, el aire no traía alivio: un zumbido vibrante recorría el valle, un murmullo que parecía salir de las piedras, los árboles y la Ceniza misma.Ainge sostenía la esencia etérea entre sus manos, su cabello dorado flotando con el viento como una llama atrapada en la bruma. Su respiración era profunda, pero rápida, cada inhalación parecía absorber y devolver la energía latente del valle. Kael, a su lado, respiraba con una calma forzada, l
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