El amanecer se colaba con dificultad a través de la neblina que cubría el Valle de las Tierras Sombrías. Ainge y Kael avanzaban por el terreno accidentado, el aire cargado de humedad y magia latente. Cada paso era calculado, cada sonido debía ser interpretado, pues la manifestación de la entidad ancestral no había cesado; se sentía latente, observándolos incluso en la aparente calma. La Ceniza se había estabilizado de manera inquietante tras la última confrontación, como si hubiese absorbido parte de su fuerza, pero también su vínculo.—Siento que… nos observa —murmuró Ainge, su mano rozando instintivamente la de Kael mientras avanzaban por un sendero flanqueado de árboles retorcidos—. No solo la entidad, sino algo más… algo antiguo, que conoce cada truco, cada hechizo, cada gesto.Kael apretó los labios, sus ojos recorriendo el bosque mientras ajustaba la empuñadura de su espada. Vidar volaba bajo, con un zumbido constante de alas que parecía marcar un ritmo casi ceremonial.—No es s
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