El temblor no cesó. No fue un estallido repentino, sino una pulsación profunda, como el latido de un corazón antiguo que despertaba bajo las raíces mismas de Lirien. Las torres del Palacio resonaron con un gemido grave, y en los patios interiores, las fuentes encantadas comenzaron a hervir suavemente, su agua tornándose opaca, gris, como si la ceniza se filtrara desde otro plano.Ainge sintió el tirón en el pecho antes de que nadie pronunciara palabra. La Ceniza que llevaba consigo —oculta, protegida por sellos que ya no parecían suficientes— reaccionó con violencia. Su magia respondió por instinto, formando filamentos dorados alrededor de sus muñecas.—No está llamando a la guerra —dijo, con voz tensa—. Está probándonos.Kael ya estaba en movimiento. La disciplina de Skarn se activó en él como un reflejo antiguo: postura firme, respiración medida, mano cerca de la empuñadura, aunque sabía que el acero solo no bastaría.—¿Dónde? —preguntó.Varen irrumpió en la sala, esta vez sin preoc
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