El amanecer se filtraba a través de las nubes bajas, tiñendo el Valle de las Sombras con un oro mortecino que parecía sostener el peso de la noche anterior. Kael y Ainge permanecían sobre la colina central, observando las consecuencias de la confrontación. La Ceniza, ahora descansando dentro de un pequeño cofre forrado de seda, vibraba levemente, como si sus recuerdos del choque se reprodujeran en silencio. Cada pulso era un eco de la energía que habían desatado juntos, y cada eco les recordaba que la entidad ancestral no se había retirado, solo había aprendido a observar.Kael pasó la palma de su mano por la superficie rugosa de su espada, mientras sus ojos grises escudriñaban la llanura. Cada guerrero, cada mago, cada sombra en el Valle parecía contener secretos que aún no habían revelado. El silencio estaba cargado de tensión, y por un instante, Kael sintió un peso sobre sus hombros que no era físico, sino moral: los aliados que podrían vacilar, los enemigos que podrían aprovechar
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