El crepúsculo caía sobre el Valle de las Cicatrices, tiñendo de oro y violeta las piedras quemadas por siglos de conflicto. Ainge y Kael regresaron al campamento temporal de Lirien, exhaustos pero alertas. El aire todavía estaba cargado con la energía residual de la activación de los sellos; el pulso de la Ceniza, aunque amortiguado, vibraba bajo sus pies, como un corazón antiguo que aún no había dejado de latir.
Se instalaron en la tienda de guerra de Ainge, donde pergaminos, mapas y fragmento