La grieta no ardía.
Eso fue lo primero que perturbó a Kael.
El santuario fronterizo yacía abierto como una herida quirúrgica, limpia, precisa, sin la violencia que él asociaba al fuego fuera de control. No había humo. No había restos calcinados. Solo piedra antigua, partida en ángulos imposibles, como si el suelo hubiese decidido plegarse sobre sí mismo.
—Esto no es destrucción —dijo Kael en voz baja—. Es cirugía.
Ainge se arrodilló junto al núcleo del sello caído. La Ceniza, envuelta en su pañ