La Ceniza no dormía.
Ainge lo supo antes de abrir los ojos. El pulso sordo bajo su piel, como un latido que no le pertenecía, marcaba un ritmo distinto al de su corazón. No era una amenaza directa, todavía, pero sí una advertencia: algo se estaba moviendo en los márgenes del mundo conocido, y ya no respondía solo a los sellos.
Se incorporó lentamente. Kael seguía a su lado, despierto, sentado contra el cabecero de piedra, con el torso desnudo y el gesto concentrado de quien escucha un campo de