El amanecer no llegó como debía.El sol apareció tarde, velado por una neblina blanquecina que no era niebla ni humo, sino residuo. El Valle de las Cicatrices ya no hacía honor a su nombre antiguo: ahora era un terreno deformado, como si una mano colosal hubiese presionado la tierra hasta casi borrar su memoria. Las piedras rúnicas estaban lisas. Los símbolos, borrados. La frontera, literalmente, había dejado de existir.Ainge no había dormido.Permanecía sentada sobre una roca fría, envuelta en una manta que no sentía, con las manos apretadas alrededor del amuleto que ocultaba la ceniza. Ya no estaba inerte. Latía. No como un corazón, sino como una idea insistente, una verdad que no podía desoír.Kael estaba a pocos pasos, de pie, vigilando el horizonte. No llevaba el yelmo. Su rostro, normalmente tallado en dureza, parecía ahora cincelado por algo más antiguo: duda. Vidar permanecía detrás de él, enroscado como una montaña viva, con los ojos ámbar fijos en Ainge. El dragón no la mir
Leer más