El aire en la biblioteca privada de Dante pesaba de una forma casi física. No era solo el olor a papel viejo, a encuadernaciones de cuero o al ligero rastro de cera de los muebles; era la electricidad estática que emanaba de ellos dos, una tensión que llevaba días cocinándose a fuego lento y que finalmente había reventado tras el altercado con Miles y Akira. Ariadna sentía que el resto del mundo se había quedado fuera, al otro lado de esa puerta de madera maciza. Allí dentro, el tiempo se había detenido, y la realidad se reducía a la presión de las manos de Dante sobre su piel.Dante no la soltaba. Sus manos, grandes, ásperas y marcadas por una vida que ella apenas empezaba a vislumbrar, se hundían en la carne de sus caderas con una fuerza que le recordaba a Ariadna que él no sabía ser suave. Y lo peor, o quizás lo más excitante, era que ella no quería suavidad. Quería esa urgencia, ese hambre primitiva que lo transformaba. La empujó contra una de las estanterías de roble, haciendo qu
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