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El taxi se detuvo frente a la imponente fachada de cristal del hospital. Ariadna pagó mecánicamente, sintiendo que el aire acondicionado del vehículo todavía se le pegaba a la piel como una película de hielo. Al bajar, el calor de la tarde la golpeó de frente, pero no fue suficiente para aliviar la migraña que le martilleaba las sienes. Cada paso hacia la entrada principal se sentía como si arrastrara cadenas. No quería estar allí. No quería ver al hombre que le había enseñado que el amor era a
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