La mañana siguiente llegó con una resaca emocional que pesaba más que el vino de la noche anterior. Ariadna se despertó con el sonido de Mara moviéndose en la cocina, preparando un café cargado que inundaba el pequeño apartamento con un aroma amargo. Mara ya se había retocado un poco el rostro, pero el cansancio seguía ahí, marcando sus facciones.—Buenos días, bella durmiente —dijo Mara, extendiéndole una taza humeante—. Tómate esto. Lo vas a necesitar.Ariadna se sentó a la mesa, todavía envuelta en su pijama gris, sintiendo que el mundo giraba un poco más lento de lo normal. El silencio entre ambas era cómodo, hasta que el sonido de una notificación en la laptop de Ariadna, que seguía abierta sobre la mesa, rompió la calma.Ariadna frunció el ceño y acercó la computadora. Era un correo oficial del departamento legal de la Corporación Volkov. No era de Dante, ni de recursos humanos. Era de los abogados.—¿Qué pasa? —preguntó Mara, asomándose por encima de su hombro.Ariadna leyó el
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