Ariadna dejó caer su bolso sobre la alfombra de la habitación de huéspedes. Se sentía como una extraña en la casa de su propia madre. El lugar olía a flores frescas y a un tipo de paz que ella ya no recordaba. Se sentó en la cama, con cuidado de no mover mucho la cabeza, porque cada vez que lo hacía, la nariz le daba un latigazo de dolor. La venda blanca se sentía pesada y le recordaba, segundo a segundo, el momento en que el puño de aquel tipo impactó contra su rostro.Había pasado días ignorando las llamadas de su madre. No quería escuchar sus consejos ni sus quejas. Pero después del ataque en su apartamento, no tuvo otra opción. Su casa ya no era un refugio, era una trampa. Lo más irónico de todo era que Dante Volkov, el hombre que ella más odiaba, había terminado siendo su chofer de emergencia.La puerta se abrió con un sonido seco. Su madre entró con los ojos muy abiertos, fijos en la cara de su hija. No hubo un abrazo de bienvenida ni palabras dulces. Su madre se quedó allí, par
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