Dante estaba terminando de revisar unos informes de costos cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe. No necesitó levantar la vista para saber quién era; el olor a tabaco barato y el aire de arrogancia que siempre acompañaba a su hermano llenaba la habitación antes que él. Detrás de Velik, Mara entró casi corriendo, con el rostro pálido y las manos extendidas como si intentara frenar un tren en marcha.—Señor Volkov, lo siento, intenté decirle que usted estaba ocupado, pero no quiso escucharme —dijo Mara, con la voz entrecortada.Dante levantó la vista y sus ojos azules se clavaron primero en los de ella. Vio el miedo, pero también vio algo más: Mara sabía lo que había pasado la noche anterior. Ella sabía que los hermanos casi se matan en el salón de la casa. Dante suspiró, dejando el bolígrafo sobre la mesa, y notó cómo Mara le dirigía una mirada suplicante a Velik, rogándole en silencio que no empezara otra guerra.—Velik, por favor, no hagas esto. No pelees con él de nuevo,
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