Antes de que él pudiera seguir hablando, Ariadna acortó la distancia y le puso una mano sobre la boca. El contacto físico fue inmediato, rompiendo de golpe los dos metros de distancia y los dos años de separación que los habían mantenido alejados. Su palma temblaba levemente contra los labios de Dante, pero la presión era firme, decidida, cargada de una fuerza que obligó al exlíder de los Volkov a silenciar cualquier intento de discurso justificado.—No —dijo ella. Sus ojos estaban completamente llenos de lágrimas que amenazaban con desbordarse, pero la voz le salió con una firmeza que no admitía discusiones—. No te atrevas a pedirme perdón de esa manera, Dante. No lo hagas. No comiences a hablar como si tu ausencia fuera algo que se puede resolver con una simple disculpa en una acera congelada.Dante la observó en absoluto silencio. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos, calculadores y entrenados para no mostrar debilidad ante nadie, se abrieron un poco más, empañados por una emoción
Leer más