Antes de que él pudiera seguir hablando, Ariadna acortó la distancia y le puso una mano sobre la boca. El contacto físico fue inmediato, rompiendo de golpe los dos metros de distancia y los dos años de separación que los habían mantenido alejados. Su palma temblaba levemente contra los labios de Dante, pero la presión era firme, decidida, cargada de una fuerza que obligó al exlíder de los Volkov a silenciar cualquier intento de discurso justificado.
—No —dijo ella. Sus ojos estaban completament