Dante continuó apoyado contra la barandilla del balcón durante varios segundos después de que Velik terminara de hablar. El viento seguía golpeando con fuerza, moviéndole el cabello oscuro sobre la frente y enfriándole las manos, pero apenas lo registraba. Toda su atención estaba atrapada en otra parte. No abajo, donde Ariadna seguía esperando, sino dentro de su propia cabeza, en ese lugar donde llevaba dos años acumulando razones para no volver.
Durante mucho tiempo aquellas razones parecieron