El silencio que quedó en el recibidor tras el violento golpe de la puerta principal era espeso, sofocante, casi sólido.
Dante permaneció inmóvil durante unos segundos largos. Tenía la espalda apoyada contra la madera tallada y se frotó el puente de la nariz con los dedos, tratando de contener la adrenalina que aún le corría por las venas. Parecía que el peso entero de los últimos dos años le hubiera caído encima de golpe.
Cuando dejó caer las manos a los costados, sus ojos oscuros buscaron a Ar