Dante llegó a la clínica con ropa limpia, el cabello todavía húmedo y una sensación de irrealidad clavada en el pecho.Los hombres de Akira lo habían llevado primero a un hotel cercano, tal como ella prometió. No dijeron casi nada durante el trayecto. Uno condujo, otro permaneció sentado a su lado con una mano cerca del arma oculta bajo la chaqueta, y un tercero lo siguió en otro vehículo. Dante sabía que no era libre. Lo entendió desde el momento en que le quitaron las esposas y lo obligaron a caminar con la pierna vendada hasta el ascensor del apartamento. Podía moverse, podía ducharse, podía cambiarse de ropa, pero cada gesto estaba vigilado.La ducha del hotel fue una tortura.El agua caliente le cayó sobre la piel y arrastró la sangre seca de su rostro, de sus manos, de su cuello. Se apoyó contra la pared de mármol porque la pierna casi no lo sostenía. El vendaje había sido protegido con una bolsa plástica improvisada, pero aun así el dolor seguía allí, constante, recordándole el
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