Dante, con los músculos de los hombros todavía rígidos por la tensión del clímax, cargó el cuerpo de Ariadna con una facilidad pasmosa. Se trasladó desde el borde del escritorio de caoba hacia el amplio sofá de cuero oscuro que descansaba junto a la chimenea apagada.
Se acomodó en el mueble, recostando la espalda contra uno de los cojines mullidos. Ariadna se dejó guiar sin oponer la menor resistencia, acomodándose a su lado. Estiró las piernas, dejándolas descansar de manera perezosa sobre los