El reloj del salón marcaba las nueve de la noche cuando la cena finalmente terminó. La gran propiedad de Manhattan, que unas horas antes parecía un mausoleo abandonado y cubierto de polvo, ahora vibraba con una tensión silenciosa, pero controlada.
Durante la tarde, el movimiento en la residencia había sido incesante. Velik se había encargado personalmente de coordinar la llegada del nuevo personal de servicio. No se había tomado ninguna decisión a la ligera; cada empleado contratado para reacti