Dante no necesitó escuchar nada más. Esa confesión rompió el último dique de contención que le quedaba, desarmando por completo la armadura de frialdad que se había visto obligado a usar durante tanto tiempo. Se abalanzó sobre ella con una urgencia que no admitía demoras y la besó. Fue un beso nacido de la ansiedad más pura, del miedo cerval a la pérdida y de una pasión descontrolada que se había estado acumulando, como lava ardiente, durante setecien