La mañana siguiente se filtró por las pesadas cortinas de la habitación con una frialdad que calaba los huesos. Ariadna bajó a desayunar, con el cuerpo sintiéndose como si hubiera sido apaleado durante la noche. El comedor, bañado en una luz matutina que acentuaba el brillo de la plata y el cristal, se sentía más como una sala de interrogatorios que como el corazón de un hogar.Su padre, Arthur, estaba terminando su café en silencio, concentrado en unos documentos. Al verla entrar, apenas levantó la vista. Se puso de pie, ajustándose la chaqueta de su traje impecable, y se despidió de Elena con un gesto seco de la cabeza, un movimiento casi mecánico, carente de cualquier afecto. Ariadna se detuvo en el umbral, sintiéndose profundamente incómoda, y se abrazó a sí misma instintivamente mientras veía la espalda de su padre alejarse hacia la salida. Había un muro de hielo entre ellos, uno que Arthur no parecía tener ningún interés en derretir.Se sentó frente a su madre, quien lucía perfe
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