Había pasado una semana desde que Ariadna despertó del coma. Siete días en los que el mundo parecía haberse detenido entre las cuatro paredes blancas de la clínica. Ariadna caminaba de un lado a otro en la habitación, midiendo el espacio con pasos cortos y erráticos. A veces sentía un mareo que la obligaba a sostenerse de la pared y todavía sentía un dolor punzante en el abdomen, pero la rabia era más fuerte que el malestar físico.
No la dejaban salir. No le daban el alta médica y ni siquiera l