La cena fue servida en un silencio incómodo.Elena estaba sentada al otro extremo de la mesa, con la espalda demasiado recta y los ojos fijos en el plato, aunque apenas había probado dos bocados. Ariadna la observaba desde su lugar, sintiendo todavía la garganta sensible por lo ocurrido con Miles. Cada vez que tragaba, una molestia le recordaba sus dedos apretándole el cuello.Ninguna de las dos hablaba.La vajilla fina, las copas de cristal, los cubiertos brillantes y el enorme comedor solo hacían que todo se sintiera más falso. Ariadna nunca había odiado tanto aquella casa como en ese momento. Todo allí era elegante, costoso, perfecto… y podrido.Una de las empleadas se acercó para servir más agua, pero Elena levantó la mano sin mirarla.—No, gracias.Ariadna dejó el tenedor sobre el plato.—¿Vas a seguir fingiendo que no pasó nada?Elena cerró los ojos un segundo.—No ahora, Ariadna.—¿Cuándo entonces? ¿Cuando Miles vuelva a entrar a mi cuarto?Elena abrió los ojos con dolor.—Ya m
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