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El auto negro se detuvo frente a una verja de hierro macizo que se abrió lentamente. Ariadna apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla, tratando de reconocer el camino, pero nada le resultaba familiar. No estaba en la ciudad, ni en la mansión de los Volkov, ni en el apartamento que recordaba haber compartido con Dante. Estaban en las afueras de Manhattan, en una zona boscosa y aislada donde las casas estaban separadas por muros altos y jardines inmensos.

Cuando el motor se apagó,
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