Ariadna estaba harta. El reloj de la pared marcaba la medianoche y Dante aún no regresaba. El silencio del penthouse, que al principio parecía lujoso y tranquilo, ahora se sentía como una presión insoportable sobre sus hombros. Había pasado horas sentada en el sofá, pero el dolor en la espalda baja empezó a ser demasiado fuerte. Su ginecóloga se lo había advertido en la última consulta: a los siete meses de embarazo, el peso de la bebé empezaría a pasarle factura a su columna. Era normal, pero el estrés lo empeoraba todo.Con mucho esfuerzo, levantó a Alexei, que se había quedado dormido en el sofá, y lo llevó a su habitación. Lo arropó con cuidado, le dio un beso en la frente y cerró la puerta despacio. Luego, se dirigió a la habitación principal. Se dejó caer en la cama, gimiendo por la punzada que recorrió su cintura, y tomó el móvil. Necesitaba distraerse, dejar de pensar en dónde estaba Dante o con quién se estaba reuniendo.Empezó a deslizar imágenes en Instagram sin verlas real
Leer más