El sonido del cristal rompiéndose contra el mármol fue el inicio del fin. Ariadna se quedó paralizada, con el jugo de naranja salpicando sus pies descalzos, mientras el frío del aire acondicionado de la mansión parecía descender varios grados de golpe. Frente a ella, Akira Volkov lucía como una aparición demoníaca vestida de alta costura.
—Señorita Akira... hice lo que me pidió. Por favor, que no me disparen —una voz temblorosa rompió el silencio desde un costado.
Ariadna giró la cabeza tan ráp