Ariadna estaba harta. El reloj de la pared marcaba la medianoche y Dante aún no regresaba. El silencio del penthouse, que al principio parecía lujoso y tranquilo, ahora se sentía como una presión insoportable sobre sus hombros. Había pasado horas sentada en el sofá, pero el dolor en la espalda baja empezó a ser demasiado fuerte. Su ginecóloga se lo había advertido en la última consulta: a los siete meses de embarazo, el peso de la bebé empezaría a pasarle factura a su columna. Era normal, pero