El ambiente en la mansión era eléctrico. Dante, todavía en shock, no se atrevía a tocar a Alexei, quien lo miraba con una mezcla de adoración y miedo. Sin decir una sola palabra de explicación, Dante le hizo una seña a Iván para que custodiara la entrada y, casi a la fuerza, subió a Ariadna a la habitación.—¡Suéltame, Dante! —gritó Ariadna en cuanto cruzaron el umbral del dormitorio.Ella le dio un empujón con las pocas fuerzas que tenía y, en un arranque de impotencia, agarró el jarrón de cristal que estaba sobre la cómoda y lo lanzó contra la pared. El sonido del vidrio estallando fue como un disparo en el silencio de la casa.—¡Seis años, Dante! ¡Seis malditos años tiene ese niño! —le gritó ella, con las lágrimas rodando por su cara, caliente de pura rabia—. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste dormir conmigo, hacerme el amor, planear un futuro y tener un hijo del otro lado del mundo viviendo como un huérfano?Dante se quedó parado junto a la puerta, con el rostro de piedra, pero con los
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