El rostro de Tomás se quedó rígido. Demasiado.Los músculos de su mandíbula se tensaron, la sonrisa se le borró de golpe y sus ojos se oscurecieron, como si alguien hubiera apagado la luz detrás de ellos. Por un segundo no parpadeó. No respiró con normalidad. La expresión amable se le desarmó y quedó algo crudo, desnudo, incómodo.Mía lo notó de inmediato.Y comenzó a reír.Una risa corta, sincera, apenas un soplo que le salió del pecho.—Era broma —dijo, divertida, y para hacer énfasis tomó el tenedor de plástico y lo clavó en un pedazo de fruta—. Mira tu cara.Tomás no rió. Se pasó la mano por el cabello. Siguió ahí, inmóvil, con esa expresión extraña que no sabía esconder del todo.—¿Todo bien? —Mía ladeó un poco la cabeza.Él reaccionó tarde. Soltó una risa nerviosa, forzada, que no le llegó a los ojos.—Sí… sí, claro —se acomodó el cuello de la camisa—. Es solo que… olvidé un pendiente.Mía frunció el ceño, sin alarmarse.—A veces pasa. ¿Es algo urgente?Tomás negó con la cabeza.
Leer más