Mía caminaba rumbo al trabajo cuando sintió que algo no estaba bien. El bastón no apoyó con la firmeza habitual; arrastró apenas, con una resistencia extraña. Se detuvo. Bajó la vista.
Una goma de mascar estaba pegada en la base.
Cerró los ojos un segundo y alzó el rostro al cielo. Había demasiada gente alrededor como para soltar su repertorio completo de maldiciones, así que apretó los labios hasta que le dolieron.
¿Por qué había personas sin tantita empatía por los demás?
Sacó del bolso un