Los días comenzaron a adquirir una rutina extraña, forzada y, a fin de cuentas, funcional.Tomás se hizo cargo de todo.La despensa no volvió a vaciarse. El refrigerador siempre tenía fruta, leche, comida preparada. Las cuentas se pagaban puntuales, sin comentarios ni reproches. Él llegaba con bolsas, las dejaba en la cocina y seguía con su día, como si aquello fuera lo más natural del mundo.Mía lo observaba desde la distancia.Su vientre ya no pasaba desapercibido. La curva se había vuelto evidente, redonda, pesada. La piel tirante bajo la ropa. A veces, al caminar, un dolor sordo le nacía en la cadera y la obligaba a apoyarse con más fuerza en el bastón. El cuerpo le recordaba que llevaba dos vidas dentro.Juliana mejoró. Cada día significaba un nuevo reto.Primero logró sentarse sola. Luego, caminar despacio por la casa. Más tarde, empezó a hacer pequeñas cosas: lavar una taza, acomodar cojines, doblar ropa. Todo con cuidado. Todo con pausas largas. El hombro seguía limitado, pero
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