El rostro de Tomás se quedó rígido. Demasiado.
Los músculos de su mandíbula se tensaron, la sonrisa se le borró de golpe y sus ojos se oscurecieron, como si alguien hubiera apagado la luz detrás de ellos. Por un segundo no parpadeó. No respiró con normalidad. La expresión amable se le desarmó y quedó algo crudo, desnudo, incómodo.
Mía lo notó de inmediato.
Y comenzó a reír.
Una risa corta, sincera, apenas un soplo que le salió del pecho.
—Era broma —dijo, divertida, y para hacer énfasis tomó el