Diez minutos después, la puerta del despacho se abrió. Mía siguió los consejos de Katia; fingió no saber nada.
El señor Carmona avanzó hacia ella y, con voz profesional, le pidió unos minutos en su oficina.
No es que pudiera negarse. Así que asintió y caminó lento detrás de él.
Las palabras del hombre fueron directas, pero con un toque de cordialidad. Era su jefe, no un tirano.
La charla fue rápida y simple. Todo se resumía en: no quiero ningún conflicto en el área de trabajo. No se les exige s