Tomás permaneció un largo rato sentado en el auto, con el motor apagado y las manos apoyadas sobre el volante. El silencio avivó su frustración. Demasiado.
Expulsó el aire por la boca entre dientes.
No, no se arrepentía de lo que había dicho.
Se arrepentía de cuándo lo dijo.
Se catalogó a sí mismo como un idiota imprudente. Torpe. Mostrar tan pronto su disposición, su oferta, su lugar como “salvador”. Mía aún no estaba lista. Todavía conservaba restos de dignidad, de resistencia, de ese orgull