La puerta de la escalera de emergencia se cerró con un golpe metálico detrás de ellos. Pero no bajaron. El brazo que la sujetaba —fuerte, inquebrantable— la empujó hacia arriba. Dos pisos. Tres. Cuatro. El hombre la llevaba casi en vilo, sus tacones apenas rozaban los escalones. La máscara negra le cubría la cara por completo; solo se veían los ojos oscuros, fríos, calculadores. Stephanie forcejeaba, el corazón le latía en la garganta, pero ya sabía. El tatuaje que asomaba bajo el guante de cuero negro en el dorso de la mano… esa serpiente enroscada en una calavera. Eli. Mientras subían en silencio, abajo, en el mismo hueco de escaleras, otro de sus hombres esperaba. Un empleado leal, fornido, con pasamontañas. A su lado, una mujer con la misma altura, el mismo color de cabello, el mismo vestido negro entallado que marcaba cada curva, los mismos tacones. Una doble perfecta. La falsa Stephanie forcejeaba con dramatismo, gritaba contra la mano que le tapaba la boca. Bajaron ruid
Ler mais