Mía apoyó la mejilla contra la almohada. A su derecha, la respiración de su hija subía y bajaba en un ritmo lento. Un soplo cálido que le rozaba el brazo cada pocos segundos. Ese sonido la anclaba, la mantenía quieta en la oscuridad.No podía dormir.Giró la cabeza hacia el tocador. El reloj digital marcaba 1:03 a. m.La casa estaba sumida en el silencio.Entonces el timbre rasgó el aire: un ding-dong seco, fuera de lugar.El corazón le saltó contra las costillas.Se incorporó despacio; la sábana se deslizó hasta su cintura.Esperó, con los oídos alerta.Se apoyó en su bastón.El segundo timbrazo llegó casi de inmediato, más largo, más insistente, como si quien estuviera afuera apretara el botón con todo el peso del cuerpo.Mía tragó saliva. Sabía que no debía abrir.Las reglas que se repetía a sí misma cada noche eran claras: puerta cerrada, luces apagadas, teléfono cerca.La duda ya le trepaba por la espalda. ¿Y si era una emergencia? ¿Una vecina herida, un accidente en la calle, a
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