Ana despertó en una habitación de hospital. Las luces tenues le lastimaron los ojos.
Parpadeó. Despacio. La cabeza le pesaba. La boca seca como papel.
Giró el rostro. Enfocó la vista con esfuerzo.
Adriel estaba sentado en el sofá. La espalda recta. Las manos sobre las rodillas. La cara seria. Inmóvil como estatua.
—Hijo. —La voz le salió rasposa. Débil—. Estuve al borde de la muerte.
Adriel se quedó callado. La miró, pero en sus ojos había frialdad. Esa frialdad que ella conocía bien. La que us