51. Los hilos que no se cortan
La tinta del mensaje en el vidrio se había corrido con el rocío de la madrugada. Las letras, antes firmes, ahora parecían lloradas: “No están a salvo. Pero están juntos.”La frase me atravesó de una manera que no quise admitir. Había en ella una especie de sentencia y, al mismo tiempo, un permiso silencioso. Quise borrarla con la manga, como si limpiar letras pudiera cambiar el mundo, como si la ausencia de tinta pudiera darnos algún tipo de respiro. Pero cuando levanté el brazo, Fran me tomó de la muñeca. Su tacto fue suave, decidido, una especie de ancla.—Dejalo —dijo—. Que lo vea quien tenga que verlo.Su voz no era dura, pero sí clara. Entendí: ese mensaje también era un aviso. Y los avisos, aunque duelan, tienen su función.Dentro, el maestro servía café en tazas desparejas, cada una heredada de alguna historia distinta. El aroma llenó la cocina, mezclándose con el frío que aún no se iba. Vera, pálida pero firme, repasaba titulares en su laptop, con el ceño fruncido de quien ya
Leer más