97. Lo que se rompe
La madrugada nos encontró despiertos en la cooperativa, como si el sueño hubiera decidido no venir para no estorbar. Afuera, el cielo era un gris sin promesas; adentro, las luces frías dibujaban sombras largas sobre el piso. Preparábamos cajas con una concentración casi ritual: copias impresas, pendrives rotulados a mano, radios envueltas en bolsas, botellas de agua, comida seca, vendas. Hacer cosas con las manos evita pensar mal; lo aprendí de chica, cuando la cabeza se me llenaba de preguntas y no había respuestas suficientes. Fran acomodó una caja contra la pared, alineándola con otras tres, obsesivo como cuando intenta poner orden en algo que no lo tiene. Me miró con esa cara que conozco bien: la de “te debo algo” mezclada con “no sé cómo decirlo”. —Decilo —lo empujé suave, sin dramatismo—. Si no lo decís, se te va a quedar en el cuerpo. Respiró hondo. No teatral. Hondo de verdad. —Aquella vez, en seguridad privada… —empezó— yo vi algo raro y miré para otro lado. No era HLK to
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