La ecografía del quinto mes confirmó lo que Lilly llevaba dos semanas anunciando con una seguridad que no descansaba ni en la ciencia ni en la prudencia, sino en esa mezcla muy suya de intuición, terquedad y gusto por tener razón antes que nadie.—Te lo dije —declaró, todavía recostada en la camilla, con el gel frío sobre el vientre y el cabello recogido de cualquier manera—. Lo sabía. Este niño patea como si ya quisiera discutirle algo al mundo.Freddy, de pie junto a ella, no respondió enseguida.Seguía mirando la pantalla con esa atención concentrada que en él no era rara, pero que ahora tenía algo nuevo: un asombro silencioso que no sabía esconder del todo. La doctora continuó explicando medidas, percentiles, normalidad, fechas estimadas. Lilly escuchó lo suficiente para registrar que todo iba bien y lo demás lo dejó pasar con la serenidad de quien considera que mientras el bebé esté sano, el resto puede resumirse después.—Entonces sí —dijo Freddy por fin, como si necesitara oírs
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